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"El Hijo" conecta emocionalmente con sus fans a través del crowdfunding

Lunes, 08 de octubre 2012

Entrevistamos a Abel Hernández, "El Hijo", cuyo último trabajo discográfico nace con una clara vocación digital basada en el crowdfunding

Abel Hernández, figura indispensable de la música independiente española de los últimos 15 años, que formó parte de emblemáticas apuestas musicales como Migala y Emak Bakia, es desde mediados de la década pasada el alma máter de ‘El Hijo’, nombre bajo el que ha editado varios discos y EPs. Pero el último largo ha significado algo más que una obra sonora artesanal como pocas en nuestro país: parte de una base de financiación totalmente diferente y de espíritu digital.

 

 

Abel Hernández,




“Llevaba tiempo buscando cambios. Uno de ellos pasaba por salir de Acuarela, el sello en el que he estado quince años publicando con diferentes proyectos musicales. Teniendo ya una edad y conociendo la dificultad que conlleva poder vivir de ‘El Hijo’ solamente, me planteé saber en qué estoy contribuyendo a la música”.


En esa vorágine existencialista aparecen además esos intermediarios “que aportan cierta burbuja, porque en la música también ha habido unas audiencias irreales provocadas por hypes”. Determinados sellos y medios convertían algunas apuestas artísticas en apetecibles para un determinado público que luego, sin embargo, no seguía de manera continuada esa oferta o lo hacía en un modo inerte.

 

En ese punto es en el que aparece el crowdfunding como instrumento digital que permitió a Abel romper con la tradición del sello discográfico como medio de edición y que, más allá, ayudó al artista a conocer la demanda que realmente podría existir de su obra en el público “y hasta dónde estarían dispuestos a mojarse”.

 

El negocio musical

La dificultad por la que atraviesan los sellos discográficos es obvia si atendemos a las ventas de discos hoy día; si a ello añadimos un carácter de exclusividad con el que nacen la mayoría de casas independientes que dirigen su trabajo a un público selecto, y pese a contar con una clientela “muy visceral y muy real”, la situación es especialmente difícil. Algo tiene que ver la espalda que en muchos casos se ha dado a la Red, contra la que “han reaccionado incluso de manera belicosa” en muchas ocasiones, reorientando su actividad rápidamente hacia la estrategia de los 180º: ya no sólo venden discos, sino que facilitan los eventos y conciertos y se hacen cargo de los derechos de autor, una fuente importante de ingresos. Todo ello conlleva una importante suma de trabajo “que hace de ellos víctimas de la situación actual de desmoronamiento de la faceta más industrial del sector”.


La consecuencia: los músicos se empiezan a plantear qué es lo que hacen los sellos por ellos y comienzan a reflexionar sobre la cesión de una importante parte de la autoría de su obra a estas empresas. Y a ello se añade otro ingrediente: la promo, antaño reducida al envío de información y los discos a los pocos medios especializados en música de calidad e independiente con lo que obtenían visibilidad, ha perdido mucha de la potencia que tenía en los noventa debido a Internet.


Las inversiones en cartelería y videoclips a día de hoy no se pueden costear, otro factor importante para que los discos se encuentren inmersos en un infinito y atomizado mar de propuestas musicales accesibles a través de nuestras conexiones. Y los conciertos no atraviesan sus mejores momentos: salen muchos menos y cobras cada vez menos.



Crowdfunding y la conexión emocional

“Si puedo desarrollar la promo con ayuda de algún profesional de manera puntual, al igual que la contratación y los derechos…, y si además me puedo encargar de la producción, aunque sea algo engorroso pero también satisfactorio, ¿por qué no buscar financiación?”


Verkami ha servido de plataforma para la misión: “Vi que a Jero Romero, ex Sunday Drivers, logró la cantidad de dinero que necesitaba para su nuevo disco en dos o tres días y la superó con creces. También me atrajo mucho de esta plataforma la gran cantidad de proyectos artísticos que la utilizan y, sobre todo, musicales. En general había mucha creatividad en Verkami, guardando todo mi respeto a otras apuestas digitales de este tipo. Otro aspecto que me pareció muy atractivo es que esta herramienta la crearon un padre y sus dos hijos –Joan, Adrià y Jonàs Sala, un biólogo, un historiador del arte y un físico–. Esa idea de vuelta a empresa familiar me gustó, sobre todo en algo tan 2.0”. Abel mantuvo contacto por vía telefónica con responsables de Verkami, que sirven de guía y consejo en muchas ocasiones.


El crowdfunding, “en un plano más afectivo y psicológico, ha sido algo que me ha dado mucho más que dinero, me ha hecho descubrir unos lazos muy fuertes con los co-financiadores, que han sido los primeros en tener la obra tiempo antes de su salida a la venta y que me han mandado sus impresiones”.


Estos mecenas han estado además implicados en la difusión de la causa, aprovechando que algunos de ellos “tienen muchísimos seguidores en Twitter y amigos de Facebook. Han realizado una campaña de marketing paralela a la que llevaba yo a cabo”.

 

 

El último trabajo de

 

 

¿Cuánto cuesta tu obra?

La edición del disco de ‘El Hijo’ ha contado con soporte en CD, vinilo y cassete, este último máxima expresión de “fetichismo dirigido sólo para gente realmente muy interesada que respeta el formato hasta ese punto”. De esta manera hay un reconocimiento a una brillante fórmula “devaluada por los materiales empleados por la propia industria cuando salió el CD”.


Pero hasta ese punto queda la duda de gestionar los paquetes para los mecenas, ya que en función de la cantidad aportada la mercancía varía en una oferta que llega a incluir un directo en casa o un concierto exclusivo en sala. Ante la aparente complejidad que en el entrevistador despierta esta cuestión, la respuesta de Abel es sencilla: “Me pregunté cuánto estaba dispuesto a pagar por el material yo mismo. ¿Cuánto pagaría por un vinilo de 180 gramos de mucha calidad y un gran acabado, por ejemplo? A ello hay que añadir que los mecenas no habían escuchado las canciones, algo que jugaba en contra. Y lo mismo por las entradas de un concierto reducido o uno en tu casa… Hice las cuentas de la vieja”.


A ello Abel añadió una recompensa especial de 1.150 euros sólo para “algún loco fan de ‘El Hijo’: las pistas del disco en un USB de metacrilato tallado en láser. Esas pistas podrían servir para hacer una mezcla alternativa, previo contrato de creative commons especial que permitía incluso la edición de un disco de remezclas”.


La recaudación alcanzó los 5.500 euros, después de pagar las comisiones (a la plataforma y el banco) cumpliendo lo deseado y habiendo ajustado el presupuesto siguiendo el consejo de Verkami, algo que es extensible a todos los proyectos de crowdfunding. La cuantía ha ido destinada al mastering y a las fábricas de los formatos, además de gastos en envío de materiales y recompensas. El haber cumplido las cuentas y el aprendizaje han sido claves (sobre todo en la planificación del calendario de fechas, festivos, puentes…).


Una parte de la tirada de discos irá directamente a una distribuidora para llegar a tiendas, algo que hace de este “un sistema muy híbrido entre on y off. El contacto con la distribuidora es directo, busco otras maneras de venderlo, incluyendo la venta digital, con una edición diferente, incluyendo mezclas alternativas, aspirando a que entre más en juego con unos precios baratos, propios de un formato digital (…) En Internet hay un mundo creativo que explorar en interactividad de música, texto, imagen, tablets…; y en el mundo físico hay apuestas muy atractivas como el ‘Play button’, unas chapas con un disco –más bien single, por la capacidad– en formato digital reproducible y escuchable mediante cascos que, aunque con poca memoria y caros de hacer, es una idea muy bonita que juega con iconografías”.


Quizás –se nos ocurre en la charla– cierta reticencia a la compra digital sea la adquisición estándar de un formato con calidad mp3 en vez de wav, propio de CDs: “Hay una contradicción en el mundo de la música, sobre todo acusada por perfiles técnicos, pero también en la gente en general. Con la capacidad que hay en la era de la postproducción en la que nos encontramos, donde grabamos con alta calidad (actualmente en 32 bits) con mezcla de aparatos y micros de hace décadas, guitarras de los años 50 y sintetizadores analógicos y otros en el iPad, con labores de masterización… En fin, todo esto ¿para qué? ¿Para escuchar un formato comprimido en mp3? Yo escucho también mp3, e intercambio premezclas para preescuchas en ese formato… pero se está perdiendo, sin ser cuestión exclusiva de audiófilos, capacidad de escucha de cierta calidad. Por eso cuando ponemos vinilos la gente de nuestra edad, que los hemos tenido aparcados algún tiempo, te vuelves loco y te das cuenta de que la música puede sonar de esa manera”.


Y esperemos que por mucho tiempo...


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